A dos años de la subasta, 5G dejó de ser un anuncio y empezó a ser operación. El mapa todavía es desigual —hay ciudades con buena cobertura y zonas donde todo está por hacerse—, pero la base ya está: espectro asignado, primeras capas de cobertura, dispositivos creciendo y casos que pasan del piloto a la práctica. Lo importante es entender para qué sirve: 5G no es ‘más velocidad’ y ya; es menos latencia y más capacidad simultánea. Esa combinación cambia la conversación: cuando la respuesta llega en milisegundos y la red aguanta miles de sensores y cámaras a la vez, aparecen procesos que antes no eran viables.
El hito regulatorio de 2023 habilitó despliegues a lo largo de 2024–2025. Hoy vemos antenas nuevas, mejoras en el núcleo de red y pruebas de edge computing donde hace sentido. El usuario lo nota en videollamadas más estables en sitios densos, mejor streaming en movilidad o tiempos de descarga menores. Pero el verdadero salto está en lo que no se ve: latencia que baja, handovers más finos, capacidad para que muchas cosas se conecten a la vez sin que el sistema “respire pesado”. Para las empresas, esta base no es un fin: es la condición para automatizar con confianza, correr visión por computador cerca del piso de planta, sincronizar logística en tiempo real o verificar identidad sin fricción en una ventanilla.
TE PUEDE INTERESAR: Día de la Ciberseguridad: Una nueva era de empresas digitales con menos miedo y más operación
5G como catalizador de IA en el borde y automatización
Cuando un modelo de IA puede ‘vivir’ a pocos metros de donde ocurre el trabajo —en una tienda, un puerto, una fábrica— la regla cambia. Ya no esperamos a que todo viaje a la nube, se procese y vuelva: decidimos ahí mismo. Con 5G, las cámaras detectan una anomalía y disparan una alerta en un instante; un robot móvil ajusta su ruta sin chocar con nadie; un sistema de refrigeración responde al estado real de la carga. En retail, contar personas y entender patrones permite abrir una caja adicional antes de que se forme fila. En ciudades, un cruce se coordina con la ocupación de la siguiente avenida. Son casos simples, pero suman tiempo ahorrado, menos desperdicio y mejor experiencia.
Este enfoque requiere arquitectura abierta: que los desarrolladores puedan llevar su modelo a distintos puntos de borde sin volver a empezar, que el equipo de TI monitoree latencia extremo a extremo y que el CIO elija dónde conviene ejecutar cada parte. Ahí es donde proveedores de tecnología —entre ellos Intel— aportan valor como ‘tejido’: stacks y plataformas que permiten que IA y redes trabajen juntas, tanto en centros de datos como en el edge, con herramientas para orquestar cargas y medir eficiencia. No se trata de una marca; se trata de operar bien: lograr más decisiones por unidad de energía y presupuesto, y hacerlo con estándares que eviten atajos difíciles de mantener.
Falta densificar cobertura, ampliar disponibilidad de terminales y resolver frentes competitivos que todavía están en movimiento. También falta cerrar brechas de talento: gente que entienda de redes, datos, automatización y negocio al mismo tiempo. Pero hay mucho por hacer hoy sin esperar el ‘100% perfecto’:
- Mapear procesos sensibles a latencia. ¿Dónde una respuesta en milisegundos cambia el resultado? Esos son los primeros candidatos.
- Probar edge con garantías. Un piloto de tres meses en un sitio real, con métricas claras (tiempo de respuesta, reducción de reprocesos, ahorro energético).
- Evaluar redes privadas o campus. Para plantas, depósitos y backbone logístico, la red dedicada ordena el juego y asegura niveles de servicio.
- Diseñar con apertura. Microservicios, APIs y modelos portables; evitar que cada despliegue se convierta en un proyecto único e irrepetible.
- Medir valor, no solo throughput. Lo que importa es el tiempo de ciclo que bajó, la merma que se redujo o la satisfacción que subió.
Colombia ya sembró la base de su 5G. El siguiente paso es operar: elegir los casos donde la latencia y la capacidad hagan la diferencia, llevar la inteligencia a donde ocurre el trabajo y construir sobre arquitecturas abiertas que faciliten escalar. Si lo hacemos así, 5G no será un titular tecnológico, sino un idioma común entre empresas, telcos y plataformas. Y ese idioma —hecho de datos, decisiones y acuerdos— es el que hace que la innovación deje de ser promesa y se convierta en valor para las personas.
Por: Juan Casal, director de Telco & Empresas Digitales de Latam en Intel
Foto: Archivo FOLOU.